Ayer era la guillotina, hoy el kalashnikov

JUAN TURANZA.

Opinión.

Hace hoy 225 años, la Asamblea Constituyente francesa establecía la igualdad de los hombres ante la ley sin importar su estatus o condición social. Tres años más tarde, el 21 de enero de 1793, el rey Luís XVI era aguillotinado en la Plaza de la Revolución frente al Palacio Real de París.

También hoy, se cumplen dos semanas del atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo. En este caso, la sentencia no fue firmada por ningún tribunal, ni los condenados tuvieron derecho a defensa.

Catorce días, desde que dos hombres armados abatieron a tiros a 12 personas, según ellos, en defensa de su religión.

Pero tras la caída del último casquillo salido de aquellos kalashnikov surgió la unidad en pos de la libertad de expresión. Y tras la muerte de cuatro caricaturistas nació el debate de sus posibles límites.

Cualquier país que se presente bajo una bandera democrática tiene por ende una garantía de tal derecho. Pero ¿quién vigila sus límites?

Tras la publicación del último número de Charlie Hebdo, las últimas estimaciones hablan de 7 millones de ejemplares editados, las protestas a lo largo de la geografía mundial no han tardado en aparecer.

Desde una política coercitiva como su prohibición por el gobierno turco, hasta actos de la barbarie del peor calibre. Manifestaciones como la llevada a cabo de manera pacífica por miles de personas en Chechenia o la quema en Níger de más de 45 iglesias. En Nigeria se apilan cuerpos de cristianos quemados vivos.

Internet nos ha servido durante todos estos años como altavoz de nuestras voces anónimas o como medio de comunicación alternativo a los grandes conglomerados. He aquí un claro ejemplo de ello.

Pero la posibilidad de comunicarse a nivel mundial también requiere una mayor responsabilidad. Aquellos valores que en una sociedad están aceptados pueden ser repudiados por otras con las que contactamos, de manera consciente o no, a diario. Las repercusiones de una palabra o una imagen transgreden fronteras e incluso en ocasiones nos salpican en la puerta de nuestra propia casa, se demostró de manera trágica en el número 10 de la calle Nicolas-Appert hace 14 días.

Las redes sociales se están consolidando como el nuevo método de reclutamiento de jóvenes que posteriormente son enviados a hacer la yihad. Por ello, cada mensaje llegado desde oriente es analizado al detalle tanto en su contenido, producción o destino. Pero, ¿sabemos cómo se perciben en estos países los mensajes que emitimos desde occidente?

El egocentrismo occidental nos empuja a alejarnos de cualquier otra perspectiva y con ello aumentar el miedo a lo desconocido. En un mundo en el que las fronteras físicas y  económicas están cada vez más desdibujadas, emerge una frontera aún mayor: la cultural.

Hace apenas unos días, mandatarios de todo el mundo se manifestaban en las calles de París tras la muerte de civiles en un país vecino y aliado. Entre el 2 y el 7 de enero, 2 mil personas fueron masacradas en la ciudad nigeriana de Baga. ¿Su delito? El mismo que el de los editores de Charlie Hebdo, diferentes pensamientos, diferentes pareceres. Claro que entonces, no hubo ninguna congregación multitudinaria en las calles ante la que salir en la foto.

Al igual que las medidas radicales tomadas en el S.XVIII, las muertes “ajusticiadas” no nacen de un debilitamiento de libertad de expresión si no de una carente respuesta política seria. La indecisión y las operaciones “libertadoras” a medias llevadas a cabo en países como Irak o Afganistán han permitido el surgimiento de estos grupos radicales de los que ahora nos escandalizamos. Unas medidas que han permitido que nuestras palabras puedan volverse contra nosotros en forma de balas.

Han pasado tres siglos pero los efectos de la mala práxis política no varía. Las calles de París se siguen regando de sangre bajo los pies de unos tiranos que no saben hacer su trabajo.

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