Lágrimas en el océano. París en cuarentena.

JUAN TURANZA/ París

Hace cuarenta días, un grupo de secuaces del autodenominado Estado Islámico distribuyeron sus armas, sus materiales explosivos y su odio por diferentes puntos de París. Cuarenta días, desde que 130 personas fueron asesinadas de la manera más cruel y cobarde, como actúa siempre el terrorismo.

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J.Turanza/Miembros de la policía y del ejército patrullan los alrededores de la Torre Eiffel.

Horas después de los atentados, el primer ministro François Hollande decretó el Estado de Emergencia en toda Francia. Desde ese momento, más de 8.500 militares tomaron las calles de las principales ciudades del país. Además de la presencia militar en las calles, el ejecutivo se reserva el derecho a realizar registros en viviendas particulares por encima de las limitaciones legales ordinarias o a la cancelación de cualquier espectáculo o reunión pública si existe un riesgo flagrante para la seguridad común.

En el aeropuerto de Charles de Gaulle así como en el de Orly, no menos de cinco miembros de las Fuerzas Armadas galas reciben a los pasajeros que bajan de cada avión como un pequeño anticipo de lo que les espera en todo el territorio francés. Los principales puntos de la ciudad parisina se encuentran a día de hoy blindados por altas medidas de seguridad. Entre miles de turistas, militares ataviados con chalecos antibalas y fusil de asalto en mano, vigilan cada rincón, cada coche mal estacionado o cada gesto que, a su parecer, pueda resultar un riesgo para la salud pública. Y es que la manenaza de atentado no ha disminuido desde aquél fatídico 13 de noviembre. Bien los saben los perros especialistas en detección de explosivos que recorren la ciudad tanto por el asfalto como el subsuelo día y noche o los helicópteros que recorren de manera constante el cielo de París.

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J.Turanza/ Miembros de las Fuerzas Armadas francesas recorren la catedral de Notre-Dame con sus fusiles de asalto.

Poblaciones como las de Beirut, Jerusalen, amén de territorios palestinos o el propio Kabul conviven día a día con este despliegue militar, algo impensable en cualquier sociedad occidental. Pero, ¿qué ocurriría si al montarse mañana en el metro un hombre con uniforme de camuflaje y con su arma reglamentaria se colocara a su lado? ¿Si un vehículo militar estuviera aparcado a las puertas de su estación de autobuses? ¿Y si tuviera que enfrentarse a un check-point de camino al trabajo?

La moral de una población sometida al stress de saberse objetivo de terroristas, acompañada por las pérdidas de amigos o familiares en atentados y a determinados recortes de sus libertados civiles en pos de una mayor seguridad puede verse desmoronada en zonas no acostumbradas a vivir en estas condiciones semi bélicas.

“No sentimos miedo porque día a día observamos toda la seguridad desplegada en la ciudad y nos hace sentir seguros” afirma Suppane, estudiante de apenas 20 años en la escuela INSEEC a veinte metros del restaurante Le Petit Camboge donde varias personas perdieron la vida en  los ataques del 23-N. La población se aferra al sentimiento de seguridad ante las incomodidades de vivir en un estado policial. Tradicionalmente, los estudios sociológicos han determinado que los deseos de una población se basan en la seguridad – justicia – libertad, en ese orden. Y Francia es un claro ejemplo de ello.

Sin embargo, la tristeza y la angustia no han dejado paso al odio entre los parisinos. Victoria, compañera de Suppane en INSEEC afirma, en declaraciones a este medio que, “lo ocurrido es algo fuera de contexto. Los ataques ocurrieron, pero entiendo que no influya en las decisiones de la política de fronteras” sentencia aludiendo al tema de la acogida de refugiados sirios en territorio francés.

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J.Turanza/ La policía francesa hace guardia frente a la Sala Ba’Ta,Clan donde 90 personas fueron asesinadas.

Donatien, arquitecto de 29 años, prefiere sentarse de espaldas al Le Carillon cuando toma asiento en la pequeña terraza del restaurante Mº Luisa. Treinta metros tras él, los impactos de bala en el escaparate y las fotos de las victimas recuerdan que las calles de su barrio nunca volverán a ser las mismas.Odio a los terroristas, pero no odio a Siria ni a los sirios. Yo perdí a un vecino en Le Carillón y a un amigo de la infancia en Le Petit Camboge”, confiesa entre lágrimas. Y las suyas no son las únicas. Es difícil contar los transeúntes que al pasar por la sala Ba’ta,clan rompen en lágrimas al recordar la tragedia que se cebó, especialmente, con los asistentes a ese local. Miles de flores y dedicatorias se funden con velas encendidas en un altar improvisado de más de veinte metros de recorrido a ambos lados de la calle.  Por supuesto, la seguridad en estos puntos señalados por el odio yihadista es patente.  Miembros de todos los cuerpos de seguridad velan para que los parisinos puedan homenajear y velar a sus muertos en paz.

Tras cuarenta días de luto, incertidumbre y una lucha psicológica constante, la capital de la “Liberté, égalité y fraternité” busca todo ello bajo los pilares fundamentales de “ségurité”. Tras dos atentados graves en lo que va de año y con sus fuerzas armadas haciendo frente al terrorismo en zonas de conflicto, los hijos de la revolución sobreviven a base de orgullo y tolerancia hacia aquellos que vienen a su país huyendo de ese terror, cansados de ver como cada lágrima derramada solo forma parte de un océano lleno de ellas.

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