Objetivo el hospital

JUAN TURANZA

Ayer, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó, mediante una resolución aprobada por unanimidad, los ataques contra edificios o personal sanitario situados en zonas de conflicto. El Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, ha cifrado en 360 los ataques contabilizados contra instalaciones médicas en el conflicto sirio con un balance de 730 profesionales asesinados y en 59 los asaltos contra los que ejercieron la misma labor en Yemen en 2015.

El pasado 28 de febrero el hospital Al Quds en Alepo, Siria, fue bombardeado dejando un balance de 27 muertos y un servicio sanitario destrozado en una de las ciudades más acuciadas por la guerra que vive el país. Lo más llamativo, es que lejos de atribuir estos ataques a grupos terroristas que operan en la zona, los cuales carecen de cualquier poder de aviación, hemos de mirar hacia quién si la tiene siendo el régimen de Bashar al-Assad y sus aliados rusos las únicas fuerzas beligerantes activas en el conflicto con capacidad aérea.

 

El Protocolo I adicional a los Convenios de Ginebra aprobados en 1949 establece en su Título II, Capítulo 1, Artículo 12 denominado “Protección de las unidades sanitarias” que:

Las unidades sanitarias serán respetadas y protegidas en todo momento y no serán objeto de ataque.

Por lo que todo ataque contra una instalación sanitaria es considerada crimen de guerra.  Algo que Ban Ki-moon ha subrayado en la sesión de ayer de manera explícita: “Seamos claros: los ataques intencionales y directos a los hospitales son un crimen de guerra. Negarle el acceso a la gente a los cuidados médicos esenciales es una violación grave de la ley internacional”.

No es la primera vez que sedes sanitarias con víctimas de un ataque aéreo. Es contradictorio que este tipo de sucesos sigan ocurriendo toda vez que desde los poderes beligerantes nos prometen cada día que los bombardeos realizados desde aviones tripulados, o no, son cada vez más exactos y seguros, haciendo de los conflictos actuales lo que denominan una guerra “quirúrgica”. Es decir, mínimo daño, máximo número de objetivos aplacados.

El pasado 3 de octubre, la aviación estadounidense bombardeó un hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF)  de la ciudad afgana de Kunduz matando a 30 personas en lo que el comandante de las fuerzas norteamericanas en Afganistán calificó de un trágico pero evitable accidente había sido causado por un error humano”.

En mayo de 2014 la organización de derechos humanos Human Rights Watch publicó el informe “Under Attack: Violence against health workers, patients and facilities” (Víctimas de ataque: Violencia contra trabajadores de la salud, pacientes y establecimientos). En él, señalaba el ataque sistemático y selectivo de personal sanitario en Pakistán, Nigeria o el acoso y detención de médicos que asistieron a los manifestantes heridos tras la represión militar en las protestas de Bahréin o Turquía.

Los ataques contra hospitales y sanitarios tiene una doble función dentro de un conflicto armado. Desde un punto de vista estratégico, se anula la capacidad de curación de heridos por lo que la posibilidad de que estos vuelvan al combate una vez curados se reduce considerablemente. Parejo a este hecho, se disminuye el número de personas con capacidades y actitudes para desempeñar tal función ya que si no han perecido mediante los ataques se ven obligados a abandonar la zona donde desarrollan su labor profesional. Desde un prisma propagandístico, se mina por completo la moral del enemigo al observar que, de continuar con las hostilidades, se verán envueltos en el conflicto aquellos que son más vulnerables. Incluso puede responder a una tercera y no menos retorcida intención, si es que alguna de las anteriores no lo eran lo suficiente. El hecho de que un hospital sea atacado y atribuir ese acto al enemigo, sea cierto o no, puede legitimar a la parte afectada o bien a un tercero a tomar parte en el conflicto.

A medida que aumenta el ingenio humano para diseñar medios cada vez más sofisticados de matarnos los unos a los otros, crece paralelamente la capacidad maléfica de utilizarlos con fines cada vez más rocambolescos. Sin duda, colocar al otro lado de la mira telescópica o de un panel de bombardeo un edificio con una cruz roja pintada en su fachada no responde a un fallo humano, si no al error de toda una humanidad deshumanizada.

Vídeo: Chanel 4 News

Más información: ONU, HRW

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