REFUGIADOS: Los ojos de los olvidados

Juan Turanza / C.R Oinofyta – Ristona (Grecia)

Día a día vemos en los medios de comunicación miles de personas que huyen de sus países de origen buscando en Europa unas condiciones de seguridad que no encuentran en sus hogares. La guerra les ha expulsado de sus casas, les ha arrebatado su trabajo, a algunos de sus familiares y, sobre todo, les ha robado su vida.

Millones de personas que llegan al viejo continente en busca de un refugio donde poder levantarse cada día sin preguntarse si éste será el último. Sin embargo, lejos de observar en sus ojos la ilusión de aquél que ansía una vida nueva, quién se encuentre frente a frente con la mirada del refugiado puede leer el descontento, el miedo y el dolor de sentirse perdido en un laberinto del que nadie le enseña una salida.

Sabir, Campo de Refugiados de Oinofyta. / J. Turanza
Sabir, Campo de Refugiados de Oinofyta. / J. Turanza

Bien lo sabe la familia de Sabir. Este joven afgano de diecisiete años, ciego y con síndrome de Down, espera cada día a las puertas de su tienda, en el campo de refugiados de Oinofyta, una vida que nadie le ofrece. El nombre de Sabir no aparece en ninguna lista de personas con alto riesgo de exclusión social de ninguna ONG. Su futuro se debate entre el hastío de una espera que, tras ocho meses, parece eterna o el riesgo de volver a recorrer cientos de kilómetros junto a su familia y probar toda su suerte en alguna frontera que le ofrezca algo más que vallas, espino y gases lacrimógenos.

Abdul, de treinta y un años, es otra de esas personas que ponen cara al drama de los refugiados. El estallido de la guerra en su Siria natal sorprendió a Abdul en Guinea Ecuatorial donde trabajó durante una temporada en el sector de la construcción. Con el inicio del conflicto no dudó en volver a su ciudad de origen, Alepo, para rescatar a toda su familia. El 3 de marzo llegó al campamento de refugiados de Ritsona tras pasar, junto a su mujer embarazada, por las cárceles turcas de las que guarda alguna fotografía y no muy buenos recuerdos.

Abdul, Campo de Refugiados Ritsona./J.Turanza.
Abdul, Campo de Refugiados Ritsona./J.Turanza.
  • Nos trataban peor que a los animales. Estábamos hacinados en la pista de baloncesto de la cárcel junto a dos mil personas. Solo disponíamos de dos baños, uno para hombres y otro para mujeres. Las colas para acceder a ellos rondaban las cinco horas. Un día nos alzamos para quejarnos de nuestra situación. La policía turca entró en el recinto disparando al aire y agrediéndonos indiscriminadamente. Un hombre de avanzada edad falleció a causa de un paro cardíaco.
  • ¿Cómo es vuestra situación en el campo?
  • Las ONGs aquí no hacen nada. Cruz Roja no dispone de ambulancias con las que llevarnos a ningún hospital en caso de emergencia. Solo están presentes en el campo de 9 de la mañana a 5 de la tarde, luego hemos de organizarnos entre nosotros o con los voluntarios presentes en el campo para poder hacer frente a una urgencia sanitaria.
  • ¿Ves solución al conflicto sirio?
  • No en menos de treinta años. Son muchas las facciones que luchan allí y cada una quiere su pedazo de Siria. Mi casa actualmente está ocupada por el Frente al Nursa y la presencia de cualquier civil en la zona es altamente peligrosa. A mí han querido secuestrarme en varias ocasiones para pedir un rescate a mi familia ya que saben que profesionalmente me iba muy bien antes de la guerra.
Ahssan, Campo de Refugiados Oynofita./J.Turanza
Ahssan, Campo de Refugiados Oynofita./J.Turanza

Un caso muy distinto es el del joven Ahsan. Con once años de edad, Ahsan nunca llegó a conocer su Afganistán natal. Ha pasado toda su vida en campos de refugiados como los de Irán y, ahora, los griegos.

  • Mi familia es Jalalabad, pero en 2001 se marcharon cuando la guerra entre Estados Unidos y los talibán lo arrasaron todo.

Llama la atención el sentimiento de pertenencia a un país en el que nunca ha vivido, a unas tierras que nunca ha pisado, a una nación a la que jamás ha visto con sus propios ojos.

  • Mi familia es afgana. Somos hazaras, vivimos bajo las costumbres hazaras y utilizamos nuestro idioma. Soy afgano desde que nací y algún día podré ir a mi país y vivir en él.

Los hazaras son una minoría dentro del campo de refugiados de Oinofyta. Como si de un pequeño reflejo de Afganistán se tratase, la mayoría de los residentes son de étnia pashtun. Una de ellas es una joven de diez años que se hace llamar Angels. Al igual que muchos de los menores que viven en los campos de refugiados, se encuentra sola junto a su madre, pues su padre hace ya tiempo que marchó a Suiza para encontrar un trabajo con el que garantizar la estabilidad económica de la familia y poder llevarlas con él.

Pero no solo de refugiados se compone un campo. Decenas de voluntarios dejan la comodidad de sus vidas en occidente para ayudar a aquellos que lo han perdido todo al huir de sus países de origen.

Rafa, Campo de Refugiados Oynofita./J.Turanza
Rafa, Campo de Refugiados Oynofita./J.Turanza

 Tal es el caso de Rafa. Con 38 años, este biólogo dejó su Cádiz natal hace ya dos meses. Desde entonces imparte clases en el campo de refugiados de Oinofyta mediante la ONG Armando Aid.

  • La situación aquí es muy complicada. Muchos de los niños se encuentran traumatizados, a lo que alguno ha podido presenciar en sus países hay que sumarle las historias que escuchan de los mayores que conviven con ellos en el campo.
  • ¿Cómo es la integración de estos menores en la escuela?
  • Es muy complicada. La mayoría de ellos han crecido en campos de refugiados y no han estado escolarizados nunca. Hay que partir desde la base, enseñarles a permanecer sentados, en silencio, simplemente a comportarse de una manera normal en un aula. El absentismo escolar es altísimo debido a la falta de control y a la desmotivación reinante en todo el campo.

Cinco caras, cinco nombres, cinco perspectivas de una misma realidad: el día a día en un campo de refugiados. Muchos de ellos marcharán a otro campo o probarán suerte cruzando a otro país, seguramente bajo las garras de aquellos que buscan hacer dinero con su drama.  Y, con toda seguridad, los que se vayan serán reemplazados por otros y así sucesivamente, heredando de sus antecesores su tienda, su espera y la mirada que solo es visible en los ojos de los olvidados.

Imagen: J. Turanza.

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