REFUGIADOS: Las noche de Ritsona

JUAN TURANZA/ C.R Ritsona (Grecia)

A penas son las seis de la tarde y el sol abandona el campo de refugiados de Ritsona. Situado al norte de Atenas, alberga a cientos de familias que esperan resignada la salida hacia un futuro tan incierto como lejano.

Recién nacido se cobija bajo las tiendas proporcionadas por UNHCR./ J.Turanza
Recién nacido se cobija bajo las tiendas de UNHCR./ J.Turanza

Situado en mitad de un bosque, Ritsona no cuenta con ningún tipo de control en su entrada principal por lo que queda a merced de grupos de extrema derecha que ven en el extranjero a su enemigo y lo combaten prendiendo fuego a los árboles cercanos al campo para que se extienda por todo el complejo. De esta manera intentan dejar rodeados por el fuego a hombres, mujeres y niños pues las brasas no entienden de sexo, edad ni religión. Aquí viven doscientos cincuenta niños y otros trece vienen en camino. Hace una semana nació el bebé número treinta y ocho de Ritsona, una niña más nacida en mitad del exilio forzado por la guerra.

Hace solo diez días que estrenan unos Isobox tras pasar ocho meses en tiendas de campaña facilitadas por UNHCR. Estas instalaciones unifamiliares gemelas de las casetas de obras occidentales, les surten de electricidad desde hace dos días, cuarenta y ocho horas con luz y, con suerte, un poco de agua caliente en un rincón de Europa donde la temperatura en invierno alcanza los bajo cero de manera constante. Todo ello, según cuentan ellos mismos, gracias a la “cortesía” de Arabia Saudí. No es de extrañar que desde Riad se apoye a los refugiados sirios que huyen del régimen de Bashar al Assad. 

Dos jóvenes preparan un fuego donde poder resguardarse del frío de la nocohe./ J. Turanza
Dos jóvenes preparan un fuego donde poder resguardarse del frío de la noche./ J. Turanza

“El enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Una premisa que no se extiende a otros campos cuya nacionalidad es distinta y sobre los que el régimen saudí no tiene ninguna deferencia.

 A medida que la noche se cierne sobre Ritsona sus calles comienzan a iluminarse con la luz de bidones, repletos de madera recién cortada, que cuentan ya con demasiadas noches de lumbre. Familias enteras se reúnen alrededor del fuego para calentar unas almas abandonadas hace ya tiempo por el desdén de los gobiernos europeos.

Cazas militares sobrevuelan constantemente el campamento las 24 horas del día recordándoles, con el rugir de sus motores sobrevolando sus tiendas, que son minuciosamente observados. El toque bélico refleja el dominio y amabilidad de sus “anfitriones”, aquellos que los mueven a su antojo hasta que sus intereses converjan con sus campañas electorales. Descubrir cómo les someten a vivir bajo el mismo ruido del que precisamente huyeron resulta, cuanto menos, retorcido.

Niño recibe su ración de comida en el Café Rits./ J.Turanza
Niño recibe su ración de comida en el Café Rits./ J.Turanza

 Pronto la cena estará ya servida, de ellos se ocupará Talal. Chef en un restaurante de alto nivel en Damasco, se vio obligado a cambiar su majestuosa cocina por las escasas comodidades que otorga su homóloga en un campo de refugiados. Desde el Café Rits, lugar a modo de merendero donde se reparte la comida comunitaria, Talal y los colaboradores disponen y reparten su menú a las 480 personas que conviven en el campo.

 La noche llena de silencio las callejuelas del campo, un silencio solo roto por la música que aportan un pequeño grupo de cooperantes, venidos desde todos los rincones del mundo, que deciden no mirar a otro lado e invitan, con el sonido de sus radios, a hacer olvidar la amarga vida de aquellos para los que el sol se les apagó hace ya tiempo.

Imagen portada: J. Turanza

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