El camino de la utopía catalana

JUAN TURANZA

Uno de octubre, esa es la fecha fijada por la Generalitat de Cataluña para votar en referéndum su independencia del Estado español. Un referéndum apoyado por los partidos dominantes en la región, a saber: la coalición Junts pel Sí, formada por Convergencia Democrática de Cataluña, Esquerra Republicana de Catalunya, Demócratas de Cataluña y Moviment d’Esquerres, todos ellos confluyendo en su núcleo electoral en hacer de Cataluña un estado independiente.

Como era de esperar, tanto las estructuras del estado español como la sociedad del país se opuso rotundamente a este acto. Tal es el hecho de su reprobación que el Tribunal Constitucional lo ha suspendido de manera categórica.

Es decir, un país garante de democracia como España niega a una población su derecho a decidir. La ley de autonomía de 1978 lo dice claro:  “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.” Autonomía sí, pero dentro de la desintegración del estado español no. Aunque el mismo hecho de prohibir un voto, el cual refleja una opinión, va en contra de manera natural al concepto democrático.

Y he aquí la cuestión que abordan decenas de minutos en telediarios y páginas de periódicos, pero, ¿es viable la independencia de una región como Cataluña?

Imaginemos un escenario en el que un referéndum de independencia de la región catalana se produce con resultado afirmativo. Cataluña dejaría de ser una región española para convertise… ¿en qué?

Según Naciones Unidas para que un estado sea reconocido como tal: “El Consejo de Seguridad examina la solicitud. Toda recomendación para admisión debe recibir votos favorables de 9 de los 15 miembros del Consejo, siempre y cuando ninguno de los miembros permanentes —China, los Estados Unidos de América, Francia, la Federación de Rusia, y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte— hayan votado en contra de la solicitud.” Simplemente con el veto de Gran Bretaña, gran aliada de España y contraria a todo proceso de independencia debido al caso escocés, desarbolaría la pretensión catalana de ser reconocida como Estado por Naciones Unidas. Es decir, internacionalmente no sería nunca reconocida como Estado.

Otra cuestión es si Cataluña se independiza si será expulsada de la Unión Europea. La respuesta es tan sencilla como compleja: Sí y No. La UE no es un club al que dejes de pertenecer. La UE se basa en una legislación que se aplica a los estados miembros, es decir, si perteneces a la UE es porque el Banco Central Europeo y los estados miembros ven viable tu pertenencia y adquieres el euro como moneda y te ciñes a sus tratados de comercio y monetarios. Por lo cual, si una región se independiza no se le expulsa, simplemente se convierte en un ente geográfico al que la UE no reconoce por lo que sus políticas monetarias como una moneda única o las subvenciones no se le aplica.  Llegados a ese punto, provincias como Lleida y Tarragona dejarían de recibir los 145 millones de euros provenientes de la Política agraria común (PAC).

Y más aún, las exportaciones de dicho territorio pagarían unos aranceles que ahora mismo no pagan como miembro de la comunidad europea. En este sentido, según el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX). Cataluña centra el 30% de sus exportaciones en territorio español, a otras comunidades, de manera beneficiaria pero cae en déficit en sus exportaciones a otros países. Con la independencia aquellas exportaciones tanto a territorio español como a otro país de la UE tendría que pagar unos aranceles que hoy en día, como región de un estado miembro, no paga. La viabilidad de su comercio internacional queda en seria duda, es por ello que, según la empresa española de ráting Axesor, 800 empresas hayan abandonado el territorio catalán en el año 2016.

Ningún mandatario extranjero ha querido recibir a ningún representante político catalán con tendencias nacionalistas, como le ocurrió al presidente de la Gereralitat Puigdemont el pasado enero en Bruselas, y el por qué es sencillo. En un mundo que se rige por tratados de unidad, llámese Unión Europea u Organización de Naciones Unidas, el término “independiente” no se recibe de buen agrado. Europa se basa en los principios de unidad y toda pretensión que rompa esa unidad no es mirado con buenos ojos.

Entonces, ¿a qué viene tanta historia? Nadar a contracorriente siempre otorga una imagen tan atractiva como icónica. Si aunamos a una masa a favor de la independencia pero dividimos aquellos que apuestan por la permanencia beberemos de los que no se identifican con lo ya existente. En ocasiones, las voces que emanan de las minorías unidas silencian el grito de una mayoría dividida. Y aunque esa minoría viva en el engaño, lo peor es que se aliente a la mayoría confrontándola con la aspiración de esa minoría ignorante para que no se centren en las verdaderas corrupciones que nos otorga el poder actualmente establecido.

El antiguo “pan y circo” se ha transformado en un “enemigo común y unidad frente a él” que nos aleja de la auténtica cuestión: ¿qué hemos hecho tan mal para que nuestro igual se quiera diferente?

 Imagen: Portada

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