El día en que la ruleta rusa española se disparó

La pasada semana España vivió uno de los momentos más trascendentales de vida política en democracia. Por primera vez, un presidente del gobierno es expulsado de su cargo tras una moción de censura. Moción, que ha venido de la mano de una sentencia judicial que tilda al Partido Popular de ser ente benefactor de actos ilícitos dentro del marco de la corrupción.

La sentencia reconoce la existencia de una caja B en el Partido Popular, desde al menos 1989, consistente en “una estructura financiera y contable paralela a la oficial”, cuyas partidas se anotaban de manera informal. Es decir, que desde la propia fundación del Partido Popular en 1989, heredera de la anterior Alianza Popular, ha mantenido una contabilidad ajena a los límites legales.

Ante este escenario de sentencias judiciales, al partido en el gobierno se le expulsa de su condición en pos de una colación tan diversa como controvertida. Aquellos, que siempre huyeron de amistades y confraternizaciones hoy se unen al grito de: “ lo que sea, pero sin corruptos reconocidos judicialmente”.

Y “lo que sea” se escribe con una tinta muy distinta dependiendo del color con el que uno tiña su escaño.

Evidentemente, el gran ganador a corto plazo es el Partido Socialista. Un partido que tanto en entidad como en modelo personalista, enfocado a Pedro Sánchez, se encontraba abocado al ostracismo hace apenas unos días, consigue una presidencia tan deseada como llovida del cielo. El gobierno transitorio que nos ha hecho ver Sánchez, hasta unas próximas elecciones, es un velo que esconde su calendario el cual va a pretender estirar los doce meses.

Como contraposición, Ciudadanos, a sabiendas que todas las encuestas de voto le posicionaban como claro favorito, se viste con la misma túnica de espectador con la que se disfrazó Rajoy hace dos años: desde mi silencio esperar a que se derrumbe la izquierda, por su innata ambición a repartir el trono en vez de compartirlo, y acabar como garante de cambio y estabilidad. Una carta que solo va a salir al juego cuando el resto de la baraja se encuentre seriamente desgastada.

Ciertamente, es que ante el miedo de la inestabilidad política española, cuyo eco se podría extrapolar a los mercados financieros, de los que tanto despendemos, de nada hay rastro. El temblor económico europeo acuciado en lo últimos días no responde a una decisión política en Madrid, si no al caos italiano que arrastra con él a toda la Unión. Más aún , cuando el Presidente de la Unión Europea afirma tener “plena confianza” en el nuevo presidente Sánchez.

Y lo cierto, es que independientemente del color de la camiseta de cada uno y su concepción nacional, estos días España ha aprendido algo que en los gobiernos europeos es del todo sabido hace años. La democracia no es el sistema que otorga poder al más votado, si no el mecanismo que lleva al trono al más capaz de crear acuerdos.

Tras mil noches de corrupción impune y certeros bipartidismos, la bala en la recámara de la democracia española impactó en el centro de una diana desconocida: el sistema democrático más ortodoxo tan innovador como terrorífico.

Imagen: Portada

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